Inés Sánchez de Madariaga es doctora arquitecta, cuenta con un Máster of Science de la Universidad de Columbia, es directora de la Cátedra UNESCO de Género en Ciencia y Tecnología de la Universidad Politécnica de Madrid y profesora titular en el Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio de la Escuela de Arquitectura de Madrid. Ha sido becaria Fulbright, profesora visitante en diversas universidades, ente ellas Harvard, MIT, UCLA, la Universidad de Columbia en NY, Bauhaus-Weimar, y la London School of Economics. Ha impartido conferencias en instituciones de más de cincuenta países en cinco continentes, y asesorado a organismos internacionales como ONU-Mujeres, Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Mundial, Comisión Europea, Banco Europeo de Iversiones, y ONU-Habitat. Como investigadora destaca su labor como directora de los proyectos europeos TRIGGER, genderSTE, GE-Academy, RRing, Gendered Innovations, y Gender-Net.
Entrevista
> Cuentas con una amplia trayectoria tanto académica como profesional en temas de igualdad desde que en 1999 creas el primer grupo de investigación español sobre género, urbanismo y arquitectura ¿Qué ha cambiado en nuestra sociedad en relación con el tema de género? ¿Hablamos de una evolución positiva?
En 1999 los estudios de género eran marginales en la academia, el feminismo un movimiento político muy minoritario, y la presencia institucional prácticamente circunscrita a algunas feministas dentro del PSOE que no eran miradas con muy buenos ojos por sus compañeros varones. En las Escuelas de Arquitectura hablar de mujeres y de género como un tema relevante académica y profesionalmente era algo no sólo inaudito, sino también digamos “despreciable”, en el sentido literal de la palabra que significa algo que no merece aprecio o consideración positiva. En esa época el número de mujeres entre el profesorado era reducidísimo. Los colegas no sabían qué significaba el término género. Algunos me miraban como si estuviera loca. Las arquitectas, incluso algunas que después se han autodefinido como feministas, hablaban de sí mismas como “arquitectos”. Definirse como arquitectas les parecía minusvalorarse: lo femenino connotaba cualidades negativas. En 2002 un muy reputado catedrático decía sin ambages que él no iba a “dar” una plaza en un concurso de oposición a un proyecto de investigación sobre “mujeres”.
En un notable efecto péndulo, hoy en día el feminismo y los estudios de género gozan de amplia aceptación social y profesional. La ola de repudio a la violencia sexual que surge tras los acontecimientos del me too y la manada, hizo que una parte importante de las ideas del feminismo hayan sido asumidas por la sociedad, de manera que la conversación pública las da por sentados, y están implícitos en los marcos narrativos de las nuevas generaciones españolas.
Esta actual amplia aceptación de un buen número de los supuestos básicos de feminismo ha permitido una cierta normalización de la perspectiva de género en el urbanismo español. Sin embargo, implica también una amalgama de ideas a veces contradictorias y poco informadas, o informadas superficialmente en redes sociales, una pérdida de claridad conceptual, y por tanto práctica, y, en ocasiones, una cierta superficialidad, simplemente porque no todo el mundo que se pronuncia públicamente ha profundizado lo suficiente en el estudio.
> ¿Cuál crees que es la repercusión de la incorporación de los Informes de Impacto de Género, en lo que tuviste tanto que ver, en el planeamiento?
Las evaluaciones de impacto de género han jugado un papel fundamental. La obligatoriedad de incorporar evaluaciones de impacto de género como un documento administrativo específico en la tramitación de las iniciativas normativas proviene de una directiva europea trasladada a la legislación española ya en el año 2003. Aplicando esa normativa, en los años 2015 y 2016 los Tribunales Superiores de Justicia de Madrid y de Andalucía anularon varios planes urbanísticos por carecer de evaluación de impacto de género.
Estas sentencias supusieron un punto de inflexión en el urbanismo español, al generar un debate profesional que puso el tema del género en lo que llamamos el mainstream: de ser un tema marginal, pasó a ser una cuestión de preocupación y de acción para todos los agentes, públicos y privados, que no podían arriesgar una posible anulación de los planes urbanísticos en proceso de redacción o aprobación. En ese momento fue cuando me contactaron desde Distrito Castellana Norte para apoyar la redacción del informe de evaluación de impacto de género y para participar en el diseño del proyecto Madrid Nuevo Norte.
> No todas las Comunidades Autónomas exigen este Informe, ¿Cómo lo ves de cara a la consecución de la igualdad deseada?
La sentencia del Tribunal Superior de Madrid, comunidad que no ha legislado en materia de género y urbanismo, aplicaba supletoriamente el derecho estatal sobre evaluaciones de impacto de género, y fue posteriormente matizada por el Tribunal Supremo en 2018 y 2020. El Supremo vino a decir dos cosas: primero que el género es una dimensión que los planes urbanísticos deben tener en cuenta; segundo, que no se puede aplicar de manera supletoria el derecho estatal requiriendo evaluaciones de impacto de género como documento administrativo cuando el legislador autonómico no ha querido legislar sobre ello (es decir, que la falta de legislación autonómica no se puede considerar una laguna jurídica).
A fecha de hoy, solo tres comunidades no han legislado en materia de género y urbanismo: Madrid, Castilla León y Murcia. La mayor parte de las comunidades autónomas han legislado desde las leyes de igualdad. Algunas lo han hecho desde las de urbanismo, que es el enfoque más apropiado, porque el principio de transversalidad de género (gender mainstreaming) por el cual se rigen las políticas de igualdad en Europa y en España, dice que las políticas de igualdad se deben trasladar a los ámbitos sectoriales en todos los campos de las políticas públicas.
Esta amplia legislación que alcanza a casi todo el territorio nacional es de alcance muy variado. Algunas aportan un articulado extenso y detallado, con un enfoque que apunta claramente a la igualdad efectiva más allá de la igualdad de trato, como Extremadura, País Vasco, Cataluña, Valencia. Otras se limitan a hacer una mención breve a la igualdad de oportunidades y poco más. Muchas exigen explícitamente la elaboración del informe de impacto de género. Todo ello está muy teñido de las opciones políticas predominantes en cada comunidad. De cara a la consecución de la igualdad en todo el territorio, teniendo en cuenta la posibilidad de que algunas comunidades por razones políticas no lleguen a elaborar legislaciones propias, sería deseable una mayor definición en futuras legislaciones nacionales en materia de suelo.
> En 2004 publicas un libro de gran difusión tanto nacional como internacional: “Urbanismo con Perspectiva de Género” ¿En qué medida siguen siendo válidos los principios enunciados en él?
Este es el primer libro en lengua española que aborda de manera sistemática el tema del género en el urbanismo. Textos anteriores se circunscriben a algunos elementos parciales, como puede ser la seguridad, o tienen enfoques más vinculados con las ciencias sociales. El libro está basado en la memoria de una oposición en 2002 a cátedras en la Universidad de Alcalá. Plantea el marco conceptual y teórico y aborda tanto las dimensiones sustantivas, los temas propios del urbanismo, como son la vivienda, el transporte, el espacio comercial, el espacio libre, los equipamientos, los lugares de empleo, como las dimensiones propiamente de planificación, técnicas e instrumentales, al plantear recomendaciones a todas las escalas relevantes del planeamiento urbanístico y territorial y en todas las fases del proceso. Define el marco conceptual, el contorno y los temas del campo, es un libro por así decir fundacional.
Este libro tiene dos fuentes principales. Por un lado, lo escribí después de haber leído toda la literatura internacional existente a la fecha sobre género, mujeres, ciudad y urbanismo, en inglés, francés e italiano. Poca de esta literatura era propiamente urbanística: la mayor parte de estos textos provenían de campos afines. Entre los más propiamente urbanísticos, muchos de ellos, al provenir del mundo anglosajón, estaban escritos en un contexto en el cual el urbanismo está básicamente desvinculado de la arquitectura, del diseño urbano y de los instrumentos técnicos de la ordenación física de la ciudad. Es decir, proporcionaban una comprensión de las diferencias de las vidas de las mujeres y los hombres en la ciudad, pero no planteaban soluciones propiamente urbanísticas, técnicas, a los problemas identificados. Por otro lado, en este libro integro mi experiencia profesional anterior: investigaciones sobre urbanismo comparado en Europa y Estados Unidos, sobre control del crecimiento disperso y planificación regional, además de mi experiencia profesional en el organismo encargado de la implementación de las actuaciones regionales estratégicas de la comunidad de Madrid y en su Dirección General de Urbanismo.
Creo que este libro aporta no solo un marco conceptual y una sistematización, sino también una visión diferente a la de los textos publicados en otras lenguas, porque está anclado en esa concepción del urbanismo que es la propia de nuestra tradición española, que, a diferencia de la anglosajona, tiene en su centro las herramientas que permiten dar forma al espacio urbano porque no ha roto sus vínculos con la arquitectura. El libro sigue proporcionando el marco conceptual, el mapeo necesario, y los principios hoy vigentes para la integración de la perspectiva de género en el urbanismo. De hecho, reconozco frases y párrafos de este libro reproducidos casi literalmente en discursos políticos, en documentos legislativos, en publicaciones oficiales, en planes, e incluso en artículos y otros documentos más científicos y también divulgativos, y su estructura y bibliografía reproducidas, con poca variación, en muchos manuales y otras publicaciones.
Por ejemplo, introduce como concepto clave del urbanismo el concepto de cuidado, care, en inglés, que desde la pandemia se ha popularizado. Este concepto era en esa época importante en los estudios de género: lo habían desarrollado las economistas feministas para expresar el trabajo a menudo no remunerado vinculado a la reproducción social, para distinguirlo del trabajo vinculado al empleo, es decir, a la producción en la economía formal o informal. Pero no era un concepto que usaran las urbanistas y las arquitectas que trataban temas de género, ni en el mundo hispano parlante, ni en el anglosajón. Mi trabajo desde este libro de 2002 y desde entonces ha puesto el concepto de cuidado como marco de referencia desde el cual mirar a las ciudades, el territorio y el urbanismo desde la perspectiva de género. Por ejemplo, mi trabajo de 2008 sobre la movilidad del cuidado para el Ministerio entonces de Fomento español, o el de 2016 para las Directrices de Ordenación del Territorio de Euskadi, donde planteo explícitamente el “urbanismo del cuidado” como el marco conceptual para introducir la perspectiva de género en la ordenación territorial y urbanística de Euskadi.
Desde la pandemia, cuando el confinamiento puso ante la vista de todo el mundo la importancia de las tareas de cuidado, el cuidado se ha convertido en un tema normalizado de debate público. La inmediatez que permiten las redes sociales ha generalizado su uso entre las nuevas generaciones de personas que trabajan sobre género, urbanismo y transporte en España y América Latina fundamentalmente, pero también en muchos países de Asia y África, por ejemplo, la India y Egipto.
Otro tema actual que también aparece en el libro es el de la interseccionalidad, concepto que solo en parte es una innovación reciente. De hecho, mi libro tiene una sección entera donde se explican las necesidades específicas en la ciudad de distintos subgrupos de mujeres (por edad, situación económica, ser inmigrantes o cabeza de familia, etc.): lo que hoy llamamos interseccionalidad. Este término que hoy es comúnmente aceptado se acababa de acuñar en Estados Unidos cuando escribí el libro, pero todavía no se había convertido en el término habitual para designar ese tipo de realidades. El libro aborda la interseccionalidad, aunque no utilice un término imposible de utilizar en una fecha en que no existía como tal.
Diría que este libro sigue siendo innovador en particular por la importancia que pone en la escala más allá del barrio: se posiciona en la necesidad de acometer la escala supramunicipal, sin la cual la escala pequeña no puede ser abordada de manera efectiva. La mayor parte de las contribuciones al urbanismo desde el género de estos últimos 20 años se han ceñido a la pequeña escala. Prácticamente ninguna de las personas y grupos que han abogado y trabajado sobre género y urbanismo en España, y en otros países diría también, han planteado la necesidad de la escala supramunicipal o regional. Solo recientemente Marion Roberts, en un artículo publicado en el Town Planning Review, dice, y utiliza como ejemplo mi trabajo en las directrices de Ordenación del Territorio de Euskadi, que la escala regional es una de las principales vías a seguir para que la integración de la perspectiva de género pueda ser una aportación relevante al urbanismo y no quedarse en un enfoque testimonial, cooptado, en sus palabras, por el neoliberalismo.
> Es una gran oportunidad que una figura de tu categoría profesional dirija una Cátedra UNESCO. ¿Cuál es la importancia de ésta en la consecución de la igualdad? Su trabajo, ¿tiene un contenido más teórico o práctico?
Muchas gracias por tus palabras, la verdad es que la Cátedra UNESCO es una plataforma privilegiada desde la que trabajar para avanzar en campos innovadores y a veces controvertidos como es la integración de la perspectiva de género en el urbanismo. Las Cátedras vinculan el trabajo académico en la docencia y la investigación con la transferencia a la sociedad, el impacto en las políticas públicas, y el intercambio internacional de conocimiento y experiencias.
Mi trabajo tiene un contenido tanto teórico como práctico. Por un lado, está el trabajo de investigación que se plasma en artículos científicos. Por ejemplo, el concepto de Movilidad del cuidado que desarrollé en 2008 y se aplica hoy en día en planes y legislaciones, y en investigaciones académicas, en todo el mundo. Otro ejemplo de este trabajo teórico es el marco conceptual para el análisis y el diseño de iniciativas urbanísticas que integren la perspectiva de género, que acabo publicar en Town Planning Review.
Pero el urbanismo es una disciplina eminentemente práctica, que busca incidir en la transformación positiva del medio construido. Por eso una parte importante de mi trabajo es práctica. Colaboro con administraciones locales, autonómicas, nacionales, también con empresas privadas, y con organismos internacionales como Naciones Unidas, ONU-Mujeres, ONU-Habitat, la UNESCO, el Banco Mundial, el Banco Inter Americano de Desarrollo, el Banco Europeo de Inversiones, entre otros. Los trabajos que he desarrollado para estos organismos cubren todo el abanico de actuaciones posibles en materia urbanística: legislación, asesoría estratégica, planes regionales, planes municipales, evaluaciones de impacto, proyectos arquitectónicos de estaciones y de vivienda, desarrollo de criterios para compra pública, actuaciones de regeneración urbana, diseño de nuevos barrios, actuaciones en áreas industriales, remodelación de espacios públicos, diagnósticos y planes de igualdad de las propias instituciones, recomendaciones, manuales, agendas urbanas, y otros documentos de soft law, como son las Resoluciones de Naciones Unidas.
> ¿Hoy en día y con la experiencia adquirida piensas que hay que ir más allá del género al hablar de igualdad o inclusión, incorporando colectivos como niños, ancianos o grupos desfavorecidos en general? ¿Es posible empezar a sustituir la perspectiva de género por el concepto de igualdad más inclusivo?
No creo que la perspectiva de género deba perder su especificidad o que se deba sustituir o subsumir de manera indiferenciada en un supuesto concepto de igualdad más inclusivo, lo cual no quiere decir obviamente que el urbanismo no deba considerar ciertos colectivos de manera específica, ni tampoco que el concepto de urbanismo inclusivo no sea válido. Lo que quiero decir es que la perspectiva de género es irreductible a un supuesto concepto de igualdad inclusivo que borre o subsuma de manera indiferenciada la propia perspectiva de género.
Las mujeres no somos un colectivo, ni un grupo minoritario, ni una minoría discriminada o vulnerable, aunque sí hay mujeres individuales y subgrupos de mujeres discriminadas y en situación de vulnerabilidad, como ilustra el concepto de interseccionalidad. Las mujeres somos la mitad de la población, con unas realidades vitales que los estudios de género han puesto de manifiesto como estructurantes de la sociedad, no reducibles a factores puramente económicos, ni tampoco abordables solo bajo el prisma de la igualdad formal ante la ley, un enfoque de derechos, necesario, pero insuficiente. La perspectiva de género proporciona una comprensión estructural de la sociedad en su conjunto que quedaría diluida bajo la visión aparentemente universalista del urbanismo inclusivo.
Además, el género proporciona un punto de vista privilegiado desde el que considerar una parte sustancial de las implicaciones para la igualdad en la ciudad de los colectivos a los que te refieres, como son los menores, los mayores, las personas enfermas y algunos grupos desfavorecidos. Ello es así primero porque las mujeres son estadísticamente las cuidadoras de todas estas personas que no tienen autonomía personal en distintos ámbitos de sus vidas: si no se aplica la perspectiva de género cuando hablamos de menores, mayores y personas enfermas, mal vamos. Las mujeres son además mayoría entre las personas mayores y entre las personas pobres. Por tanto, la perspectiva de género es irrenunciable cuando se abordan las realidades de casi todos estos grupos que mencionas y no es sustituible por perspectivas planteadas solo desde la infancia, o desde la vejez, o desde la discapacidad.
Por supuesto, el género no cubre todos los temas relevantes para esos grupos y hace falta una visión inclusiva del urbanismo que mire a aspectos de la vida en la ciudad de estos grupos que son propios de ellos y no guardan vinculación con el género, o solo guardan una relación parcial. Por ejemplo, el que los menores respiran a la altura de los tubos de escape de los coches (aunque también se sabe que hay diferencias de género en esto).
> Estuviste presente en la elaboración de la Ley orgánica 2/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. ¿Qué avances observas desde su aprobación? ¿Cuáles son sus principales logros?
Exceptuando Andalucía y Euskadi, toda la legislación autonómica en materia de género y urbanismo es posterior a 2007, lo cual es un claro impacto de la Ley Orgánica de Igualdad. Aunque al mirar más detalladamente la cronología de las leyes, se observa que la gran mayoría de las comunidades autónomas legislaron después de las sentencias de los Tribunales Superiores de Justicia de Madrid y de Andalucía, que es cuando digo que se produce un punto de inflexión. Entre todas ellas destaca Extremadura no sólo por haber abordado el tema en la Ley de Urbanismo y Desarrollo Sostenible, y no desde la ley de igualdad, sino también por el detallado Anexo Técnico de Género que incorpora la Ley, un trabajo que elaboramos desde la Cátedra UNESCO de la UPM. En cuanto a la aplicación de las leyes, Euskadi es la región con mejor institucionalización y con mayor experiencia de implementación, con numerosos planes y proyectos a todas las escalas y en todo el territorio.
> En relación con la penalización de las responsabilidades de cuidado ¿Crees que la clave de la solución está en el trabajo a distancia, compartido o en funciones a tiempo parcial?
El trabajo a distancia tiene un efecto positivo, porque libera un tiempo que no se tiene que dedicar al desplazamiento, lo cual tiene un beneficio en la vida de las mujeres. Sin embargo, es necesario también tener en cuenta las interacciones potencialmente negativas con las tareas de cuidado cuando el trabajo a distancia tiene lugar en la casa, como se constató durante la pandemia. El trabajo a distancia también puede facilitar la logística de los viajes, al reducir los llamados viajes encadenados por eliminación de un eslabón importante en la cadena, que es el viaje al lugar de trabajo.
El trabajo a tiempo parcial sin embargo tiene un impacto negativo para la vida de las mujeres, porque limita sus oportunidades de acceso al empleo, de desarrollo profesional y de autonomía y seguridad económica futura, con impacto notable en las pensiones. El trabajo a tiempo parcial ilustra de manera vívida el actual dilema, muy real, entre los llamados feminismos de la igualdad y de la diferencia. Las medidas para reducir la penalización que hoy en día suponen las tareas de cuidado para las mujeres deben equilibrarse con medidas que aseguren la igualdad en el empleo. Se deben equilibrar los objetivos contradictorios y al mismo tiempo legítimos ambos, que son por un lado el acceso en igualdad a los recursos, y por otro lado el cuidado.
> Hay una polarización muy grande entre incrementos de población en África o Asia y el estancamiento o decrecimiento de las ciudades europeas. La experiencia adquirida en estas últimas, ¿puede permitir adelantarse a la profundización de los problemas? ¿O estamos ante realidades culturales y sociales y culturales tan distintas qué es preciso innovar soluciones para esos continentes?
En los países del llamado primer mundo el urbanismo ha sido un elemento clave para la construcción de los estados del bienestar después de la Segunda Guerra Mundial, en España algo más tardíamente después de la reinstauración de la democracia en 1975. Sin el urbanismo no es posible proporcionar una cobertura universal a la ciudadanía de los servicios básicos, en particular la educación y la salud, pero también la cultura o el deporte, por no hablar de la vivienda. El urbanismo garantiza la existencia y la localización adecuada de los edificios donde se proporcionan los servicios, así como su accesibilidad a través del transporte, y su funcionalidad a través de los suministros de agua, energía, y la evacuación de residuos.
Esta cobertura universal de servicios e infraestructuras que en España damos por sentada no existe en amplias secciones de las ciudades en otros continentes. La experiencia europea muestra las posibilidades de unos sistemas de planeamiento urbano institucionalizados, con sus maquinarias burocráticas y sus sistemas legales, que son comparativamente eficaces y eficientes, y que se debe entender en su contexto: economías desahogadas, consensos políticos alcanzados después de la guerra que han permitido políticas redistributivas; ciudades comparativamente de menor tamaño.
De todos estos factores, creo que la dificultad de alcanzar un consenso político para la puesta en práctica de políticas redistributivas es el principal obstáculo en muchos países del mundo para el desarrollo de unos sistemas urbanísticos que permitan la universalización de los servicios, la accesibilidad a una vivienda digna, y un transporte colectivo asequible.
Me parece interesante la actual experiencia de América Latina. Desde la pandemia el concepto de cuidado, anclado en la perspectiva de género, se está usando como punto de entrada para desarrollar nuevos servicios urbanos relevantes para las mujeres. Un buen número de países están desarrollando Sistemas de Cuidados que proporcionan variados marcos estratégicos o legales para la creación de servicios. Algunas ciudades han creado centros dedicados específicamente a proveer distintos servicios relacionados con el cuidado de personas dependientes, la educación de las mujeres, la formación, el ocio, la salud, o la cultura, bien utilizando construcciones existentes, como las Manzanas del Cuidado y los Pilares en México, bien construyendo edificios nuevos, como las Utopías también en México. Estos centros ofrecen servicios que en Europa ofrece con carácter universal el estado del bienestar y que el urbanismo garantiza a través de estándares de reservas de suelo contenidos el leyes y planes de distintas escalas.
Las experiencias de Ciudad de México y Bogotá tienen varias virtudes: han puesto el tema del género y de los cuidados en primera línea del discurso, aunque quizás más del político, o de política social, que del propiamente urbanístico; han contribuido a promover liderazgos femeninos; han contribuido a pensar las formas de provisión y de diseño de los servicios específicamente desde el punto de vista del género, más personalizado, con enfoques participativos en algunos casos, frente a otros enfoques más abstractos o burocráticos. Sin embargo, presentan varias limitaciones y algún riesgo. Por un lado, son programas frágiles, que dependen de la voluntad política y de las disponibilidades presupuestarias, y no integran los cambios estructurales necesarios para la sostenibilidad a largo plazo, por ejemplo, los estándares de reservas de suelo para equipamientos en la legislación urbanística.
Por otro lado, si los consideramos desde el punto de vista de los principios de justicia de género que mencionaba más arriba, es necesario examinar más de cerca si los objetivos relacionados con los cuidados (objetivo central de un urbanismo de la diferencia) podrían tener el efecto indeseado de encajonar a las mujeres en los cuidados. El éxito comunicativo de estas experiencias puede contribuir a desviar la atención respecto a lo que me parece que sería una política más ambiciosa de igualdad de género, que sería la creación de los servicios básicos universales propios del estado del bienestar y la construcción de sistemas de transporte público colectivo eficaces.
Creo que las evidentes barreras políticas a las políticas redistributivas en continentes como América Latina podrían ser al menos parcialmente superadas como consecuencia del particular momento demográfico, con un envejecimiento acelerado de la población y unas tasas de fecundidad por debajo de la tasa de reposición. La crisis de cuidados y el empobrecimiento de amplias capas de la población especialmente femenina, a la que aboca un contexto demográfico de envejecimiento acelerado, podrían ser un incentivo poderoso para que, por la vía de los Sistemas del Cuidado, se puedan empezar a crear esos nuevos consensos políticos necesarios para el desarrollo de políticas sustancialmente redistributivas necesarias para la consecución de sistemas de protección social asimilables a lo que en Europa llamamos estado del bienestar.
> Siempre te ha interesado el tema territorial y en concreto la planificación regional ¿En qué medida, a esa escala, se pueden implementar medidas inclusivas o hay que hablar de planteamientos más estratégicos?
El planeamiento regional es indispensable, lo que se demuestra fácilmente mirando a la (in)viabilidad de los servicios básicos de proximidad en las periferias de crecimiento disperso sustentadas en la red de autovías. En esas periferias de baja densidad no hay masa crítica que permita la sostenibilidad de los servicios, ni de los comercios de proximidad, ni del transporte colectivo. Solo a través de la planificación regional se pueden construir sistemas de transporte colectivo eficaces que garanticen la accesibilidad a todo el territorio. Los sistemas de transporte colectivo son indispensables para las personas, mayoritariamente mujeres, que compatibilizan el empleo con el cuidado, porque los empleos no están en los barrios donde se vive. Para vincular la escala regional con la local, y abordar la primera y última milla, teniendo en cuenta las necesidades de las mujeres en materia notablemente de cuidados y seguridad, es necesario explorar las oportunidades que presentan las nuevas formas de micromovilidad, movilidad a demanda, etc.,
Todas estas políticas -vivienda, transporte y servicios- solo se pueden resolver actuando desde las distintas escalas. Mirar solo a la escala pequeña, eso que en el mundo anglosajón denominan place-making, que es el foco planteado por las nuevas generaciones de jóvenes que empiezan a abordar el tema del género en varios países después de la pandemia, es un error. Por supuesto hay que abordar la escala pequeña. Pero a esa escala no se resuelve el transporte, ni la provisión de vivienda asequible, ni los equipamientos en sus distintas jerarquías. Me gusta la metáfora de las muñecas rusas que encajan una dentro de otra: la escala pequeña no funciona sin las escalas mayores, sin las escalas urbana, metropolitana, regional y territorial.
> El tema de la vivienda es candente, existen tipos de familia diversos y el envejecimiento de la población notable en nuestro país, ¿Qué opinas de la mezcla de viviendas para distintos usuarios y los sistemas colaborativos dentro de la comunidad? ¿Sólo funcionarían con vivienda pública de alquiler?
El parque de vivienda necesita diversificar la oferta. La estructura de los hogares, con predominio de hogares de una y dos personas, no se correlaciona bien con las tipologías existentes de vivienda, que básicamente responden a estructuras familiares de cuatro o más personas. A pesar de tasas de fecundidad por debajo del nivel de reposición, la población española sigue creciendo por la inmigración, y el número de hogares crece además por la reducción de su tamaño. El problema de la affordability, el esfuerzo requerido para acceder a la vivienda por el desfase de los salarios respecto a los precios se multiplica por la inadecuación de las tipologías. Todo esto está estrechamente vinculado con el género. Soy partidaria de la mezcla de tipologías de vivienda para distintos tipos de familias y distintos momentos del ciclo vital de las personas y los hogares. Respecto a los sistemas colaborativos, incluido el coliving, veo dos tipos de circunstancias.
Las comunidades que se han llamado intencionales, donde la gente decide compartir algunos aspectos de la vida y por tanto del espacio vital, porque se comparte una intención, una motivación fuerte, algún tipo de propósito vital. Por ejemplo, amigos de toda la vida que deciden vivir juntos tras la jubilación; o personas que comparten una visión de la ecología que convierte alguna actividad agropecuaria conjunta en el centro de la vida propia y de la vida de la comunidad. Los monasterios y las comunidades hippies del siglo pasado, así como las utopías del siglo XIX, son ejemplos que ilustran históricamente lo que quiero decir.
El segundo tipo de circunstancia que apoyaría el desarrollo de innovaciones residenciales tipo coliving es la necesidad económica que impida el acceso a una vivienda propia, sea en alquiler o en propiedad. No olvidemos que, hasta después de la segunda guerra mundial, cuando se desarrollan políticas de vivienda que aspiran a que cada hogar tenga su propia vivienda, mucha gente de estratos sociales bajos, pero también medios e incluso altos, vivía en habitaciones alquiladas, en casas ajenas, o en edificaciones destinadas a grupos concretos, y no tenía casa propia. La idea de que todas las personas adultas puedan tener una casa propia es una idea relativamente moderna.
Fuera de la necesidad o la motivación fuerte, no creo que el coliving sea una opción de preferencia. En cuanto a alternativas a las residencias para las personas mayores, creo que la opción prioritaria debe ser el envejecer en la propia casa, con los servicios de apoyo y las adaptaciones de accesibilidad necesarias.
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