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Han pasado cinco meses desde el fallecimiento de Léon Krier el pasado 17 de junio en Palma de Mallorca. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, desde el equipo editorial de Planur-e hemos querido recoger el legado de una figura clave en el debate urbano contemporáneo. Lo cierto es que el arquitecto y teórico luxemburgués deja tras de sí un importante y, en ocasiones, polémico legado: una firme defensa de la ciudad tradicional como base para una vida urbana más sostenible y desarrollada a una escala más humana.
Krier nació en Luxemburgo en 1946 y se formó en la Universidad de Stuttgart, en una Europa profundamente marcada por la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial. Al inicio de su carrera, trabajó con James Stirling en Londres entre 1968 y 1974, donde entró en contacto con las primeras manifestaciones del posmodernismo en arquitectura. Sin embargo, se distanció rápidamente del enfoque más irónico y formalista de las nuevas corrientes: para él la historia no era un simple repertorio para el juego formal, el gesto estilístico, sino un sistema normativo capaz de generar forma urbana.
Su interés por desarrollar una posición teórica llevó a Krier a adoptar un papel académico. Desde la década de 1970 ejerció una notable influencia en instituciones como la Architectural Association de Londres, donde fue profesor entre 1973 y 1976, el Royal College of Art y, posteriormente, en las universidades de Princeton y Yale, donde impartió docencia de forma intermitente desde 1990. Su trabajo obtuvo reconocimiento temprano y se expuso en el MOMA de Nueva York y en el American Architectural Foundation Octagon Museum de Washington D. C. Sus publicaciones de esta época, como Rational Architecture Rationelle (1978), consolidaron su posición como un crítico acérrimo del modernismo. Su controvertido estudio sobre Albert Speer: (1985, reeditado en 2013) subraya su interés por la arquitectura clásica, independientemente de su contexto ideológico. Su influencia le valió premios como la Medalla de Plata de la Académie Française (1997), el primer Richard H. Driehaus Prize (2003) y el Athena Award del Congress for the New Urbanism (2006).
Léon Krier Urbanista
Como urbanista, una de las principales críticas de Léon Krier estuvo dirigida a la Carta de Atenas de 1933 y, en particular, a su defensa de la segregación urbana. Según Krier, la separación entre habitar y trabajar, entre los espacios de ocio y las circulaciones, entre otros, constituyó un error de base responsable de la posterior expansión urbana descontrolada o urban sprawl. Krier defendió que el modelo urbano del movimiento moderno no solo era insostenible desde el punto de vista medioambiental, sino que también empobrece las relaciones sociales, las comunidades humanas y la «valiosa vida de barrio». La zonificación de la ciudad moderna había devaluado la calle como espacio público principal. En su obra La arquitectura de la comunidad (2009), argumentaba: «La arquitectura de la ciudad y el espacio público es... un asunto de interés común en el mismo grado que las leyes y el lenguaje: son el fundamento de la civilidad y la civilización». Krier ejemplificaba su crítica señalando los polígonos residenciales europeos de posguerra, como las Unidades de Habitación de Le Corbusier o los grandes conjuntos periféricos de ciudades como París, que consideraba un «urbanismo de la discontinuidad»: piezas aisladas y monofuncionales, conectadas solo por carreteras que forzaban el desplazamiento de las personas.
Por el contrario, Krier utilizaba cascos históricos como los de Brujas o Copenhague para demostrar que la ciudad tradicional, gracias a su mezcla de usos, escala peatonal y baja densidad, no era un simple «estilo», sino un modo de organización espacial extraordinariamente eficaz para crear lugares resilientes y con vida social. El luxemburgués apostaba por reconstruir la ciudad compacta mediante la creación de barrios mixtos con edificaciones de altura moderada. En su manifiesto La ciudad dentro de la ciudad (1977), Krier proponía lo siguiente: «Una ciudad solo puede ser reconstruida en forma de barrios urbanos... como una federación de barrios autónomos. Cada barrio debe tener su propio centro, periferia y límites. Cada barrio debe ser una ciudad dentro de la ciudad». Su defensa de la autosuficiencia de los barrios y de la posibilidad de disponer de todos los servicios a una distancia caminable anticipaba el actual concepto de ciudad de los 15 minutos.
Krier se oponía así a la expansión urbana difusa (el sprawl). En su lugar, proponía un crecimiento mediante la adición de «barrios completos y finitos» que mantuvieran un contorno definido para la ciudad. Sostenía que las comunidades, como los organismos, tienen un límite de tamaño para no «convertirse en un monstruo». Krier no se oponía a la densidad, sino a la dispersión, y abogaba por una alta densidad de baja altura, de 3 a 5 plantas. Según él, este modelo de ciudad compacta permite proteger el paisaje y el suelo agrícola de una expansión descontrolada y sin cohesión.
Aunque su influencia fue principalmente teórica, Krier aplicó sus ideas en numerosos proyectos. El más conocido es Poundbury, en Dorset (Reino Unido), cuyo plan comenzó en 1988 por encargo del entonces príncipe de Gales. En este lugar, Krier aplicó directamente sus principios: mezcla de usos, calles pensadas para los peatones, integración social mediante vivienda asequible y una estética unificada basada en la tradición inglesa. Pese a las críticas estilísticas, Poundbury ha demostrado un rendimiento urbano notable y se ha convertido en un laboratorio real de sus tesis.
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Krier también desempeñó un papel decisivo en el surgimiento del Nuevo Urbanismo en Estados Unidos. Su influencia fue especialmente relevante en la articulación de una comprensión integral de la ciudad basada en el ideograma Res Publica – Res Económica – Civitas, que distingue entre dos ámbitos fundamentales: el público, donde los edificios cívicos y los espacios abiertos crean identidad, historia y vida comunitaria; y el privado, compuesto por viviendas y comercios discretos que se integran sin competir visualmente con los elementos cívicos. El diagrama muestra cómo los edificios y plazas públicas se distribuyen jerárquicamente por toda la ciudad, conectados mediante calles que actúan como vasos comunicantes y dotan de cohesión y dinamismo a los espacios urbanos, mientras que los espacios privados permanecen subordinados y tranquilos. Esta visión promovía barrios mixtos, densos, pero de baja altura, conectados y variados, evitando la expansión difusa y monofuncional. Desde 1981 asesoró el plan de Seaside, en Florida, proyecto fundacional del movimiento y obra de Andrés Duany y Elizabeth Plater-Zyberk, donde estos principios encontraron una de sus primeras aplicaciones prácticas.
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Otros proyectos destacados en su trayectoria son el plan para la Città Nuova de Alessandria (Italia, 1995-1999), el planeamiento de Heulebrug de Knokke-Heist (Bélgica, desde 1998) y el plan maestro de Paseo Cayalá de Guatemala (desde 2003), uno de los ejemplos más citados de urbanismo tradicional contemporáneo en América Latina. Su proyecto teórico de Atlantis para Tenerife, que no se llegó a construir, se ha convertido en una referencia conceptual sobre la idea de una ciudad ideal compacta y autosuficiente.
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La estética de Léon Krier y muchas de sus ideas siguen siendo tema de debate en la actualidad. No obstante, muchos de los principios que defendió, como los usos mixtos, la baja densidad, el urbanismo policéntrico o la planificación para el peatón, forman parte del discurso urbano actual. Su crítica al urbanismo moderno y su defensa de la ciudad tradicional han modelado buena parte del pensamiento urbanístico contemporáneo y continúan orientando, para bien o para mal, el debate sobre cómo deben ser las ciudades.
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| Edita: |
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| Traducción: | planur-e |
| ISSN: | 2340-8235 |
| Copyright: | (2013): planur-e |
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