El 2 de julio de 2011, un diluvio sin precedentes paralizó Copenhague. En solo dos horas, la capital de Dinamarca registró 135 mm de lluvia, lo que equivale a 135 litros por metro cuadrado. Las calles se convirtieron en ríos, muchos túneles y sótanos se inundaron y el alcantarillado tradicional colapsó. Numerosos comercios, edificios públicos, viviendas y otras construcciones quedaron anegadas por cantidades de agua que en algunos lugares alcanzaron el metro de altura. El mayor volumen de precipitación registrado en cincuenta años ocasionó daños materiales por valor de más de 6 mil millones de coronas danesas (DKK) ?equivalente a 800 millones de euros?, sin tener en cuenta el coste de las reparaciones en infraestructuras esenciales, las pérdidas por la paralización de la actividad económica y el incremento de las primas de seguros. Los efectos imprevistos de fenómenos atmosféricos que, si bien eran inusuales hasta hace poco, cada vez son más frecuentes, activaron las alarmas en una ciudad muy vulnerable, construida a lo largo del estrecho de Øresund en un humedal drenado. Ante la previsión de un aumento del nivel del mar de 42 centímetros a finales de siglo y las proyecciones del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) que prevén un incremento del 25–55% en las precipitaciones invernales hacia 2100, junto con una mayor intensidad de los aguaceros (20–50%), el riesgo de inundaciones urbanas se convirtió en una amenaza estructural para un territorio que corre un riesgo severo de quedar sumergido.
En este contexto, el Copenhagen Climate Adaptation Plan («Plan de Adaptación Climática de Copenhague»), aprobado en 2011, adelantó un marco de actuación para mitigar los efectos del calentamiento global y el cambio climático. Sin embargo, tras las inundaciones de julio, quedó patente la necesidad de elaborar un plan estratégico específico centrado en la prevención de las inundaciones. El conocido como Cloudburst Management Plan (CMP) o «Plan de gestión de tormentas torrenciales», que entró en vigor en 2012, es un plan ambicioso que ambiciona el despliegue de más de 300 iniciativas hasta la década de 2030 para proteger la ciudad de las precipitaciones extremas, aquellas definidas en el plan como “eventos de más de 15 mm en 30 minutos”. El objetivo es reducir al mínimo las pérdidas humanas y económicas para que Copenhague siga siendo un lugar seguro y habitable. El enfoque Cloudburst rechaza ampliar el alcantarillado tradicional y apuesta por combinar soluciones basadas en la naturaleza (NBS, por sus siglas en inglés, Nature Based Solutions) ?como parques inundables, pavimentos permeables o cubiertas verdes? con grandes depósitos subterráneos capaces de almacenar y redirigir el exceso de agua hacia el mar. Así, Copenhague se está transformando para convertirse en una «ciudad esponja», un modelo promovido por el arquitecto paisajista chino Kongjian Yu (Turenscape), en el que el diseño se adapta para convivir con el agua y no solo para resistirla en caso de inundaciones.
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Cloudburst Management Plan: Una estrategia híbrida a pie de calle
El principal objetivo que motivó la puesta en marcha del CMP fue aumentar la protección de Copenhague frente a las inundaciones. Por ello, la ciudad decidió trabajar con modelos de retorno de cien años en lugar de los diez que se solían emplear. Esta medida implica, en esencia, diseñar las infraestructuras para resistir fenómenos atmosféricos más intensos, concretamente diez veces más que los estimados en modelos previos: Copenhague pasaría de estar preparada frente a episodios de lluvias que tienen lugar cada década, a hacerlo frente a tormentas ocurridas una vez por siglo.
Para facilitar la planificación, el plan Cloudburst de Copenhague delimitó 26 cuencas hidrográficas. Desde cada una de ellas, el agua se recogería y sería conducida hacia grandes masas de agua: fundamentalmente el mar, pero en ocasiones hacia reservas de agua dulces o canales. A pesar de haber optado por una estrategia híbrida que combina infraestructura gris tradicional con verde y azul, Copenhague pone énfasis en un “surface-first approach”. Esto es, priorizar aquellas intervenciones visibles a nivel de calle frente a los sistemas subterráneos. De forma complementaria a los sistemas de conducción de aguas, desde 2012 se han implementado zonas de retención temporal en parques, plazas pavimentadas y otros recintos. Soluciones auxiliares para favorecer que el agua en superficie en la ciudad no sobrepase los 10 cm de altura, un valor máximo que permita mantener la movilidad y evitar daños en espacios por debajo del nivel de la calle.
Durante la elaboración del Cloudburst Management Plan, se recopilaron datos, se elaboraron mapas de riesgo y se modelizaron escenarios para los años 2010, 2060 y 2110. Además, tras una estimación del coste de la inacción se valoraron dos escenarios: por un lado, una solución tradicional con refuerzo del sistema de alcantarillado; por otro, una solución combinada con infraestructura verde-azul y gris. Finalmente se optó por la segunda, con claras ventajas no solo económicas, sino también con beneficios sociales cualitativos adicionales, como las mejoras en la salud, el medio ambiente y la calidad espacial urbana. La prevención, ha traído consigo la posibilidad de renovar barrios, de crear nuevos espacios públicos verdes y de innovar en la ciudad. Un ejemplo de ello es el proyecto piloto “climate tile” para la instalación de pavimentos permeables que infiltran agua en acuíferos artificiales bajo las calles.
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Desde 2012, la ciudad ha sido testigo de numerosos proyectos de renovación urbana. Uno de los más destacados es la renovación del parque Enghavenparken, finalizada en 2019. Y que es el paradigma de cómo la gran mayoría de espacios verdes de Copenhague se diseñan ahora como depósitos de agua en superficie. En Enghavenparken se reinterpretó el trazado neoclásico original del parque para crear cuencas de detención y canales de drenaje que recogen y canalizan el agua de lluvia. La cancha de fútbol y otras zonas de césped del parque se encuentran hundidas para actuar como depósitos temporales que liberan el agua gradualmente a la red de alcantarillado municipal. Otra iniciativa enmarcada en el plan Cloudburst es Karens Minde, un proyecto paisajístico diseñado por el estudio Schønherr y finalizado en 2023. La característica principal de la intervención es la creación de un canal a cielo abierto de 600 metros de longitud que conduce el agua hacia cuencas de retención y humedales diseñados para almacenarla temporalmente. El proyecto se ha llevado a cabo con una amplia participación de la comunidad local e incluye nuevas zonas verdes, jardines, un parque infantil y áreas para actividades recreativas. La plantación de especies autóctonas y la creación de un estanque permanente han mejorado la biodiversidad y ofrecen un hábitat a la fauna local. Bajo las calles, el Cloudburst Plan también ha construido túneles como el que se localiza en el barrio de Valby. Una obra de más de 2 kilómetros de longitud cuyas canalizaciones alcanzan los 3.4 metros de diámetro y que ya se demostró efectiva durante las lluvias torrenciales del verano de 2024.
La implementación del CMP, que no tiene fuerza legal autónoma, ha dependido desde su integración en otras normas, como el Masterplan Municipal o el Plan de Aguas Residuales. Con todo, los expertos afirman que la aplicación de sus principios ya ha reducido el riesgo de inundaciones en algunas zonas hasta en un 50 %. El Plan de gestión de tormentas torrenciales de Copenhague demuestra que es posible apostar por estrategias integrales que transformen el riesgo climático en una oportunidad para mejorar la habitabilidad urbana, convirtiendo la amenaza de las inundaciones en un catalizador de innovación, cohesión social y sostenibilidad.
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